Si pierdo el lenguaje mundanal, aprenderé el lenguaje escondido en mi propio mundo y por fin me oiré... Clarice Lispector
sábado, 20 de octubre de 2018
Detrás de las paredes.
Como el asfalto en el verano
la olla humeaba
El reloj de la cocina esparcía tic tacs
entre los puerros
las cebollas
los ajos
No era tiempo de esperar
pero había un aire
de espera caminando por la casa
Alguien por parir
en el barrio
y el perro alzado huyendo
tras el anzuelo de un olor
A la clueca bataraza
aún no se le abrían las cáscaras
A mamá algo le pasaba
iba muda con su franela
quitando un polvo imaginario
Había noticias que a mí no me daban
Mi padre se había quedado
por no afiliarse / sin trabajo
Eran tiempos de estirar la masa
de usar la ropa vieja del hermano
de navidad sin nueces
las luces y las fiestas
muy lejos brillando
A los niños nos mentían
sin saber
que éramos sabios
detrás de las paredes escuchando
Poema del libro Antología poética , premio 1917 de Los Cuatro Vientos.
miércoles, 12 de septiembre de 2018
Infidelidad
El árbol familiar
El árbol de Levas
El árbol de la infancia
El escondite en el níspero
El árbol donde estudié ser raíz
El que imité en su fortaleza
La higuera con sus hijos y su sombra
siempre hubo un árbol en mi vida
con el que te fui infiel.
sábado, 25 de agosto de 2018
martes, 20 de marzo de 2018
El escondite perfecto.
Fui una niña que vivía perdiéndose. Me escondía debajo de
las mesas, detrás de los muebles. Mi madre, la
pobrecita perdía gran parte de su día buscando mi presencia. Yo experimentaba
otras búsquedas, otros lugares más recónditos y ella a su vez se esmeraba más,
porque el esfuerzo era mayor, con lupas, con pasos de colores diferentes, hasta
que llegó el tiempo de los pasos oxidados. El cansancio se peleaba con ella y
parte de su tiempo lo gastaba en moverse como en cámara lenta dentro del
esfuerzo desmedido de encontrarme. A duras penas dejó de buscarme. Y cabe
destacar que yo por fin llegué al escondite perfecto: mi vida.
martes, 20 de febrero de 2018
martes, 18 de abril de 2017
El sepelio de la Carmela.
La más requerida del burdel había
muerto esa mañana de domingo. El pueblo que no faltaba jamás a misa estaba
allí/ congregado frente al Señor.
Sus compañeras marcharon juntas
hacia la puerta de la iglesia y esperaron a que los hombres del pueblo salieran/
para pregonarles de viva voz / que la Carmela había muerto. Las esposas quedaron
estaqueadas/ incómodas/ con el brazo doblado pero vacío mientras ellos corrían
a ver como la muerta se les iba.
Los perros se rascaban las pulgas o
apoyaban sus hocicos entre las patas/ adormecidos y sumisos frente a la puerta
rosa. El pueblo había quedado vacío.
El lunes/ al cortejo/ se unieron en
larga fila los santos de las estampitas que convivían en su cuarto/ después/ sus
compañeras/ los hombres/ el boticario
-su mejor cliente- y por último los perros / conocedores del atajo que las
noches escondían.
En la frescura interior de las
casas quedaron apoltronadas las esposas legales y sus hijos junto a los viejos
que ya no mordían.
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